domingo, 19 de abril de 2009

Homoparentalidad -Clarín y Le Monde, 2007. Traducción de Elisa Carnelli.

Homoparentalidad: otra forma posible de armar una familia

La familia no deja de hacer transformaciones revolucionarias. Quizá la última sea la convivencia de parejas homosexuales que desean criar hijos


Anne Chemin. Ensayista francesa, columnista de "Le Monde"

Los historiadores algún día dirán que la homoparentalidad nació en Europa occidental y en América del Norte a fines del siglo XX.

"He comparado los sistemas de parentesco existentes en 186 sociedades de todos los continentes y en ninguna parte encontré familias homoparentales", subrayaba el antropólogo Maurice Godelier durante un debate científico y político organizado el 3 de febrero por la Asociación de Padres Gays y Lesbianas (APGL). "La homoparentalidad es una novedad histórica ligada a dos transformaciones fundamentales de la cultura occidental: el hecho de que, desde el siglo XIX, el hijo está cargado de valores nuevos que modificaron profundamente el deseo masculino y femenino de un hijo, y el hecho de que, en el campo científico, la homosexualidad ya no es considerada una patología por la medicina ni una perversión por la psicología."

La homoparentalidad es una idea nueva, pero las ciencias sociales rápidamente se adueñaron de ella: Francia, que no contaba con una sola investigación sobre este tema en 1997, exhibe hoy una bibliografía que incluye más de 300 estudios de derecho, sociología, psicología y antropología. Es un signo de los tiempos que el término homoparentalidad, acuñado en 1997 por la APGL, haya sido incorporado al diccionario Le Robert en 2001.

El desarrollo de los niños criados en familias homoparentales, que a menudo constituye uno de los interrogantes fundamentales del debate, ya no es una incógnita. Durante el debate organizado en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, Olivier Vécho, profesor de psicología de la Universidad París-X, analizó las cuarenta y cuatro investigaciones realizadas en el mundo sobre este tema.

Una mitad se había hecho en Europa y la otra, en los Estados Unidos o Canadá. "Las conclusiones de estos trabajos distan de ser alarmistas", destacó Olivier Vécho, quien en 2005 presentó una tesis sobre el desarrollo socio-afectivo de estos niños. "No les va ni mejor ni peor que a los demás", certificó.

En la mayoría de los casos, estos estudios se realizaron en niños, pero algunos también se ocupan de los adolescentes, e incluso de los adultos. Ellos muestran que estos niños no se convierten en homosexuales con más frecuencia que los otros, que su identidad sexual es tan sólida como la de los otros y que sus comportamientos sexuales son semejantes a los de los otros. Olivier Vécho registra una sola diferencia: cuatro de estos trabajos llegan a conclusión de que los niños criados en familias homoparentales tienen cierta preocupación por la mirada ajena.

Tanto en Europa como en América del Norte, otras revoluciones familiares prepararon el camino para la homoparentalidad. La primera atañe a la disociación entre la sexualidad y la procreación: gracias a la legalización de la anticoncepción y el aborto, las parejas ahora pueden vivir su sexualidad sin temor a la procreación.

Pero desde el nacimiento del primer bebé de probeta en 1982, los fabulosos avances de la medicina reproductiva abrieron el camino a otra revolución: con la fecundación asistida, la medicina hoy puede "fabricar" bebés sin la intervención de la sexualidad e incluso convertir en padres a hombres y mujeres que no tienen ningún vínculo genético con sus hijos.

Es el caso, por ejemplo, de los padres cuyos hijos vinieron al mundo gracias a la inseminación artificial con semen de donante o de las madres que recibieron una donación de ovocitos para una fecundación in vitro.

En estas familias, las cartas tradicionales de la filiación se han barajado parcialmente de nuevo: desde un punto biológico, estos niños están —en parte— en la misma situación que los niños adoptados puesto que no han heredado el patrimonio genético de sus dos padres, pero, desde un punto de vista jurídico, afectivo y social, son semejantes a los demás niños en tanto han sido traídos al mundo por una pareja que los deseó y esperó. Por lo tanto, con la fecundación asistida, filiación biológica, afectiva, social y jurídica ya no coinciden.

La segunda revolución tiene que ver con los modelos familiares. Desde la década de 1970, el matrimonio ya no es el paso obligado a la constitución de una familia, y las familias ensambladas dieron origen a nuevas constelaciones parentales: la sociedad aprende a vivir con padrastros, madrastras, medio hermanos y "cuasi" hermanos.

Para los sociólogos, se trata de la entrada a la era de la "pluriparentalidad". Se observa entonces una disociación entre la sexualidad y la procreación, entre la alianza y la filiación, entre el parentesco biológico y el parentesco social.

Las parejas homosexuales llevaron el conjunto de estas lógicas al extremo. Recurriendo a inseminaciones artificiales con donante realizadas en Bélgica y los Países Bajos, intentando la aventura —ilegal en Francia— de las madres portadoras en el extranjero, instaurando "coparentalidades" entre una pareja de hombres y una pareja de mujeres, los homosexuales inventan, día a día, formas de parentalidad que plantean la pregunta de cuál es el status del "copadre": ¿qué lugar se le debe asignar a un adulto que no tiene ningún lazo genético con un niño, pero que lo ha criado junto a su padre biológico y jurídico?

Si la homoparentalidad suscita tantas preguntas es porque rompe el triángulo tradicional padre-madre-hijo que constituye el modelo familiar de nuestras sociedades occidentales. Pero, aunque rara vez se aborde el tema, también se debe a que prolonga los debates que suscitan la fecundación asistida y la "pluriparentalidad" al invitarnos a reflexionar sobre nuevas concepciones de la filiación.

¿Podemos imaginar un sistema en el cual los padres ya no coincidan con los progenitores? ¿Se puede contemplar la existencia de más de dos padres? ¿Cómo reconocer los vínculos jurídicos y sociales entre un niño y padres que no tienen lazos de sangre? Si la alianza es electiva, ¿la filiación puede también llegar a serlo?

En un mundo donde las reglas tradicionales de la filiación se han visto fuertemente trastrocadas, ¿qué lugar se le debe asignar a lo biológico, lo social, lo afectivo y lo jurídico?

Copyright Clarín y Le Monde, 2007. Traducción de Elisa Carnelli.

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