lunes, 11 de mayo de 2009

Guerra, masculinidad hegemónica y poder - Lic. Irene Fridman

“Hasta que los leones tengan (...) historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”.
Eduardo Galeano.
En la Segunda Guerra mundial murieron 50.000.000 de personas, dos veces casi la población de toda la Argentina; el régimen de Pol Poth mató aproximadamente a 1.000.000 de personas, cifra similar a los muertos durante el genocidio armenio perpetrado por los turcos ¿Pero que podemos decir de las guerras privadas de género?
. Mutilaciones: Son 2 millones las niñas y muchachas víctimas, cada año de mutilaciones genitales.
. Homicidios: Entre 1,5 y 3 millones de niñas y mujeres son asesinadas cada año por el sólo hecho de ser mujeres.
. Violación: Un quinto de las mujeres del planeta es víctima de violación o tentativa de violación en el curso de su vida.
. Prostitución: Entre 700 mil y 4 millones de mujeres están obligadas a prostituirse cada año.
.. “Después de haber corroborado que las grandes guerras han disminuido en un 40% entre 1992 y 2003, la pregunta es: ¿podemos decir que la disminución de las guerras logró un mundo más seguro para todos? En parte sí, es la respuesta del Dcaf (Centro para el control democrático de las fuerzas armadas)
Pero no para las mujeres que ven aumentar cada año el nivel de esclavitud y de violencia.
Hoy sabemos, a través de los instrumentos de medición de datos cada vez más sofisticados y extendidos, que cada año entre un millón y medio y tres millones de mujeres y muchachitas son torturadas y asesinadas por 'violencia de género'. No se les perdona haber nacido mujeres, diferentes, dotadas de una sexualidad propia, de una necesidad de independencia que evidentemente produce miedo. "Mujeres entre los 15 y 44 años tienen mucha más probabilidad de ser asesinadas o violadas que morir de Sida, de accidentes de auto, de malaria o de guerra" (Palabras del Dcaf, aparecidas en el Economist del 26 de noviembre).
La trata es el tercer modo de ingreso de capitales junto con la droga y el tráfico de armas. Si bien en el tráfico de seres humanos hay también varones, no nos olvidemos que gran parte del tráfico incluye la trata de mujeres para prostitución.
¿Podemos pensar que las guerras han terminado o tenemos que distinguir entre guerras públicas y guerras privadas?
Dice Ana Elena Obando M. en su página del Women´s Humans Rigth.Net “Las guerras están ligadas a una imagen colectiva de masculinidad hegemónica, una masculinidad que depende del ejercicio del poder y control. Y sabemos que la competitividad, el poder, el dominio y la represión de la emocionalidad son elementos inherentes a ese ejercicio. Ese patrón sistemático de violaciones, torturas, esclavitud y otros crímenes sexuales y de género contra las mujeres durante las guerras y en los llamados tiempos de paz está directamente relacionado con la construcción de la masculinidad. Pues aunque algunas mujeres participen de las guerras o de los ejércitos como agentes activas, estén de acuerdo con las guerras o ejerzan la violencia contra otras mujeres o contra algunos hombres, las guerras son una construcción patriarcal alimentada por los valores masculinos que a su vez refuerzan el sistema capitalista neoliberal.
Por supuesto que los hombres también experimentan violaciones a sus derechos humanos, aunque en diferente forma. Ellos mueren durante las batallas, y si quedan vivos, son encarcelados y reclutados forzosamente. Es obvio que durante las guerras se exacerban las desigualdades de género y por ende, se triplican las violaciones a los derechos humanos de las mujeres, porque al exaltarse la masculinidad tradicional, su polo opuesto se convierte en campo abierto de las violaciones y abusos más atroces tanto en la vida privada como en la pública” y continua citando a Marcela Lagarde “cuando se quiere destruir una cultura, o una subcultura, las mujeres son el medio a través del cual se logra. Sus cuerpos y su identidad se convierten en escenario de guerra (Poderes, p. 18).
Theodore Winkler sociólogo norteamericano, en el informe que presentó ante el DCaf describió en “Mujeres en un mundo inseguro “lo que él denominó “el genocidio escondido” en el cual devela en cifras escalofriantes los millones de mujeres que son víctimas de violencia con daño físico permanente o muerte.
Cuando se trabaja en violencia sexual y se observa la circulación de la violencia entre los integrantes de una familia o cuando se analiza lo que ocurre en una violación callejera, cabe interrogarse de manera inquietante y terrorífica si esto es posible en las relaciones entre varones y mujeres todos los días ¿porqué no
debería haber guerra?
La observación de la desmesura que ocurre en los vínculos entre varones y mujeres nos hacen preguntarnos, entre otras cuestiones, si lo que acontece en las guerras tanto públicas como privadas es el resultado directo de un sistema jerárquico en el cual la mujer han quedado en el estatuto de lo otro y sobre el cual ha habido consenso en naturalizar la violencia, así como ha habido consenso histórico en naturalizar la violencia sobre otros colectivos subordinados que se han inscrito en la representación de la alteridad.
Así como se habla de un espacio público y de un espacio privado históricamente asignado a las mujeres, podemos pensar que cuando hablamos de las guerras, que estas también se dividen en públicas y privadas, unas íntimamente relacionadas con las otras.
Pensar las guerras en función de lo que acontece con las relaciones entre los géneros puede parecer una extrapolación peligrosa, porque personalmente creo que no hay una monocausalidad que deriva en un conflicto armado, y que no podemos dejar de lado las causas económicas, políticas, raciales, etc. que desencadenan estos conflictos. Pero lo que si creo que debemos pensar es acerca de los modos de tratamiento de la diferencia que se convierten en discursos y en prácticas tanto en la violencia contra las mujeres de todos los días como en las violencias perpetradas en las guerras.
Trabajando con violencia sexual tanto en violación como en lo que se denomina abuso de larga data, he llegado a la conclusión que si Auschwitz, fue posible en realidad es porque a nivel privado las prácticas de violencia y de desubjetivaciòn se asemejan horrorosamente a lo que se conoce como prácticas durante las guerras. Tortura sistemática, odio generalizado, daño irreparable y junto con esto la sensación por parte de muchas de las víctimas de no ser escuchadas o ayudadas ya que como dice el viejo adagio popular “por algo habrá sido”.
Desde hace algunos años que vengo estudiando la similitud de lo acontecido con las victimas del Holocausto y de la dictadura militar con lo que ocurre con las sobreviventes de incesto paterno–filial. Creo necesario analizar en relación con lo antedicho, no solamente los modos subjetivación de varones y mujeres dentro de nuestra cultura, sino indagar acerca de los más íntimos entrecruzamientos entre masculinidad y violencia. Teniendo la caución teórica, cada vez que hablo de este tema lo hago explícito, de no pensar que los varones son los seres violentos por naturaleza, sino que ciertos modos de subjetivaciòn avalan la posibilidad de ejercer una violencia demencial sin vivencia de culpa. También aclaro que no creo que las mujeres no puedan estar en esta situación, sino que no tienen el poder social consensuado para hacerlo y que si las oscilaciones del poder derivasen en algún momento en que estas lo detentasen de alguna manera, no dudo en suponer que podrían ser violentas de modos semejantes.
El análisis de lo acontecido en el Holocausto me permitió entender algunas cuestiones de este holocausto silenciado. Considero que si Auschwitz fue posible, es porque los modos de violencia política que llevaron a la muerte a 6 millones de personas muchas veces se repiten en pequeña escala en las prácticas de vinculación entre los géneros que habilita el patriarcado ( Fridman 2006).
Es por esto que me parece esencial entender los paralelismos entre una forma demencial de régimen político que tuvo su sentido, y esta otra forma de tramitar el poder dentro de los vínculos entre varones y mujeres que también adquiere sentido en ese contexto.
¿Porqué pensar el Holocausto para pensar estos temas? Porque la comprensión de un sistema de poder de desmesura se asemeja en cierto sentido a los modos de relación entre los géneros. Ricardo Forester en su escrito “Después de Auschwitz” dice: “Intentar recortar lo específico de Auschwitz no significa aislarlo de aquellas otras formas de la destructividad que han venido asolando la vida humana; se trata, por el contrario, de indagar por su particularidad como un modo de encontrar, si ello es posible, sus correspondencias, sus cruces, lo que a partir del exterminio nazi se vuelve un ejemplo mayúsculo de ciertos proyectos biopolíticos que siguen habitando la escena de nuestra época; pero es también recorrer hacia atrás, hacia el fondo de la cultura occidental
En su texto Modernidad y Holocausto, Zygmunt Bauman reflexiona acerca de si fue el odio a los judíos el motor del Holocausto o simplemente pero de modo más terrible, fue la indiferencia que avala el horror lo que permitió la posibilidad de esta acción política. Alemania hasta ese momento era el país en el cual mejor vivían los judíos. A diferencia del resto de Europa, era el país de mejor nivel cultural y en el cual los judíos se habían instalado en las ciencias y en las artes, así como en la economía, sin los grandes problemas que padecían durante esa época en Polonia Rusia y Austria. Dice Bauman: “Los judíos consideraban a
Alemania como el país de mayor igualdad y tolerancia tanto religiosa como nacional, era el lugar donde había mas judíos universitarios y de profesiones liberales, no había progroms como en otros países”. “El antisemitismo popular no fue nunca durante el proceso de destrucción una fuerza activa. Como mucho contribuyó indirectamente a que se cometieran asesinatos en masa porque produjo apatía con la que la mayor parte de los alemanes contempló el destino de los judíos cuando lo conocían o bien se resignó a ignorarlo” y continua citando a un especialista en el tema: “Norman Cohon dice :La gente no deseaba moverse a favor de los judíos . La indiferencia general y la facilidad con que la gente se disociaba de los judíos y de su destino era en parte consecuencia de una vaga sensación de que los judíos eran de un modo y otro misteriosos y peligrosos”..Podemos admitir que la aversión no es en sí misma una explicación satisfactoria de ningún genocidio.
No puede quedar exento nuestro análisis de que para la Iglesia la existencia de la judeidad permite y demarca una diferenciación que le permite tener identidad.” Podríamos decir que así como el judío ha sido el límite donde se reconoce la raza aria (Bauman,1997) la feminidad es el límite de la masculinidad.
Pero esa noción de feminidad tanto como la noción de judaísmo, son un concepto vacío en si mismo al cual se le adjudican alternativamente representaciones que avalen el ejercicio de la violencia. En el caso de los judíos, eran imaginados como los poseedores de una riqueza absoluta, representantes de los comunistas pero también de los banqueros. Otras representaciones colectivas los consideraban como los que roban y matan niños, los que no se avienen a la norma establecida, los representantes de la extranjería, etc. Podemos establecer un nexo entre este tipo de discurso y los discursos acerca de las mujeres: las mujeres son débiles, si los hombres no las limitan son peligrosas, son las representantes del misterio “la extranjería”, el “continente negro”, capaces de un amor maternal pero dueñas de un poderío absoluto peligroso. Tanto el judío conceptual como la mujer son los campos de batalla donde se libra la guerra por la identidad
Es interesante resaltar siguiendo a Bauman, que la caza de brujas fue el primer genocidio femenino organizado que se conoce en la historia y no se produjo en plena Edad Media, sino en los albores de la Modernidad. Era un período de ruptura del orden establecido y de las certezas vigentes; parecería que cuando ese orden establecido se altera, cuando las certezas no son un amparo suficiente para nuestra “insoportable levedad del ser”, el aumento de la violencia contra alguien, se lleva a cabo como un intento de control de los cambios, o como una forma de volver a tener una identidad fuerte, cerrada sin cuestionamiento, que se equipara con la masculinidad. Por ese motivo corresponde platear un alerta contra los discursos cerrados hegemónicos.
Claudia Kooz en su texto “La conciencia nazi” refiriéndose a lo que impulsó la como motor ideológico al holocausto entre otras razones “lo más terrorífico de nuestra cultura pública racista en cuyo seno se concibió la Solución final no es lo que muestra de excepcional sino lo que tiene de ordinario, no es su odio desembozado sino sus elevados ideales….Hitler en sus discursos prometía en lugar de la Republica de Weimar que el consideraba débil y femenina, el advenimiento de un orden decidido y viril. La moral nazi defendía de manera explicita ideales racistas y sexistas en un momento en que los ideales de igualdad empezaban a abrirse paso”.
Uno de los aspectos más interesantes del análisis que realiza Bauman acerca del Holocausto es lo relativo a que no necesariamente un profundo odio es lo que lleva a situaciones de violencia demencial sino la profunda indiferencia por el otro considerado como ser humano con las mismas prerrogativas de alguien que es considerado humano. En este sentido, así como hemos postulado que la violencia contra las mujeres proviene de un profundo odio hacia las mismas también creo necesario que aceptemos que la no consideración de las mujeres en el mismo estatuto que los varones en cuanto a su pertenencia a la humanidad, permite las acciones violentas produciendo un efecto de apatía necesario para la consumación de esta violencia. ¿Cómo explicar, si no fuera así, que otros hechos de violencia hayan despertado el clamor colectivo, y al mismo tiempo, cuando estos suceden en ciertos colectivos aparezca una actitud de indiferencia total?

El tratamiento inadecuado de la alteridad en nuestra cultura permite la depositación de aspectos temidos sobre los otros, y la puesta en práctica de acciones de aniquilamiento.

Si la relación jerárquica entre los géneros ha avalado históricamente la naturalización de la violencia, no puedo dejar de observar que la ubicación en el
lugar de lo otro del colectivo femenino, no solo avala la violencia sino que permite la no consideración de este colectivo como un colectivo humano. Por ese motivo, no solo se pone en práctica el odio hacia la diferencia, sino lo que a mi entender es peor, la total indiferencia, con lo cual el otro no existe. El odio permite siempre pensar en alguna forma de enlace afectivo, la indiferencias implica la decactectización total del objeto.
Pero la categoría de no existencia que se le puede dar al otro, permite las más crueles de las prácticas Esto sí avalaría que mientras se llevan a cabo las acciones más hostiles no apareciera ninguno de los afectos de culpa que nos llevan a pensar que ese otro tiene algún relación vincular con el sí mismo.
Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que la desubjetivación del otro, su ubicación en el status de objeto inanimado, permite el accionar destructivo, sin efecto subjetivo aparente para el que lo ejecuta.
Y aquí aparece un tópico que me gustaría considerar para poder pensar acerca de la complejidad de este tema. Hace algunos años en los ‘60 hubo un estudio al que se denominó “Experimento Milgram” que se llevó a cabo en EEUU. Se introducía en una cámara a estudiantes universitarios a los que se le explicaba que los sujetos que estaban detrás del vidrio tenían problemas para estudiar y si se les aplicaba una pequeña descarga eléctrica mejorarían. Obviamente la descarga no era veraz sino que en realidad lo que se quería probar era “la obediencia debida” El que dirigía el experimento solicitaba al estudiante que, ante los errores de los sujetos, aumentara el voltaje. A pesar de los gritos de las personas que supuestamente eran atravesadas por la electricidad, una gran parte de los que llevaban adelante el experimento subieron el voltaje a límites insospechables.
La pregunta que surge de este experimento y que nos compete totalmente, es hasta donde lo que se busca con la violencia es la puesta en juego del odio, y hasta donde -y a mí me parece mucho mas terrible aún- la indiferencia ante el otro, la falta de empatía, la anulación de la subjetividad del otro, que posibilita que se ejecuten los actos más aberrantes contra la raza humana, amparándome en la obediencia debida y sin sensación de culpa por el daño al objeto.
Es en este sentido que rescato la noción que tan magistralmente nos describe Giorgio Agamben en su libro “Lo que queda de Auschwitz””. En este texto se utiliza la acepción jurídica del Derecho Romano del Homo Sacer en el sentido del sujeto que es pasible de ser aniquilado sin costo penal ni jurídico para el que lo lleva cabo.
Comentando Ricardo Forester los dos textos de Agamben “Homo Sacer” y “Lo que queda de Auschwitz” dice: “el Homo Sacer el puro sujeto de la exclusión. Todos los súbditos son potencialmente nuda vida. El verdadero poder del soberano es que todo sujeto es pasible de ser matado. Agamben se pregunta quienes constituyen la nuda vida en las democracias” y desde este lugar puedo pensar que quienes lo constituyen son las mujeres, entre otros grupos violentados. Tanto los judíos en el régimen nazi como las mujeres en esta cultura son el “Homo sacer”, los objetos de aniquilación.
Dice Hitler, en un discurso pronunciado el 8 de octubre 1935: “Me veo como el más independiente de los hombres; no estoy obligado a nadie, en deuda con nadie, solo respondo ante mi propia conciencia”.
Todos los psicoanalistas sabemos que el no estar en relación a ningún objeto permitiría no solamente la vivencia de las mas absoluta soledad sino y en este sentido me parece muy importante analizar esta frase, la mas absoluta omnipotencia, la que despierta los afectos más desmesurados, la que no tiene límite, la que me permite convertir al otro en Homo Sacer.
Hasta donde la masculinidad hegemónica no está atravesada por la figura del soberano, “Soy la ley y estoy por fuera de ella, no tengo deuda con nadie”.
Para cerrar esta ponencia, no puedo dejar de mencionar lo que dijo una sobreviviente del Holocausto, “Ningún ser humano tendría que haber sido sometido a pasar por esto”, o lo que narra una victima de violencia refiriéndose al episodio de abuso en el cual su padre la quiso penetrar cuando tenía 5 años “Yo ahí conocí la sensación de la muerte”, Como decirles a estas personas que si esto fue posible, si tuvieron que pasar por esto es que dolorosamente habían sido dejado de ser consideradas seres humanos, habían pasado a pertenece al reino del Homo Sacer.

Bibliografía
Agamben, Giorgio: Lo que queda de Auschwitz, Pretextos, Valencia 2000
---------: El estado de excepción. Adriana Hidalgo Ed. Buenos Aires,2004
Bauman Zygmunt: Modernidad y Holocausto Ed. Sequitur 1997
Forester, Ricardo: “Después de Auschwitz. La persistencia de la barbarie”
www.ifs.csic.es/holocaus/textos
: “La política como barbarie: una lectura de Homo Sacer de Giorgio Agamben”. Sociedad. Facultad e Ciencias Sociales Diciembre 2001

Fridman, Irene: “La búsqueda del padre. El dilema de la masculinidad”. En Psicoanálisis y Género, Meler, I. y Tajer, D. (comps.), Buenos Aires, Lugar 2000

------: “El lado oscuro de la paternidad”, en El malestar en la diversidad. Ana Maria Daskal, (comp).Chile, Isis Internacional, 2000

-----: “Violencia entre varones. Violencia intragénero”, www. psiconet.com.
------: Conferencia: “Incesto: Efecto subjetivo en mujeres adultas”. Universidad Nacional Autónoma de México. Mayo 2005.
------: Conferencia “Incesto: Violencia de la desmentida”. Universidad Autónoma Metropolitana, Mayo 2005.
Conferencia: “Desde la trinchera. Trabajando con violencia sexual,” Foro de Psicoanálisis y Género, 2004
Kooz, Claudia: La conciencia nazi Ed. Paidós, Buenos Aires, 2005
Lagarde, Marcela. “Género y Poderes”. Heredia: Instituto de Estudios de la Mujer, Universidad Nacional Autónoma, 1995.
Obando Ana Elena, “Masculinidad, Procesos de Paz, Impunidad y Justicia” Noviembre 2004 Women´s Humans Rigth.Net
Fuente: Irene Fridman irenefrid@fibertel.com.ar

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